martes, 1 de julio de 2014

El carrusel de las emociones por culpa de la Sele

El domingo en la tarde experimentamos muchas emociones juntas en un período de tiempo muy corto. Tratar de explicar lo que vivimos en noventa y tantos minutos del partido normal, más treinta minutos de tiempo extra y para rematar, lo ocurrido en la tanda de penales, no es nada fácil. Lo que aquí escribo son puras emociones, lo racional en este momento lo dejamos de lado.
Minutos antes del partido contra la selección de fútbol de Grecia, ya había un cosquilleo en el estómago. Desde que supimos el contrincante en octavos de final, teníamos la corazonada que podíamos sacar el triunfo con base en lo que ya habíamos hecho en el grupo de la muerte. Como había titulado un diario deportivo español, en el grupo de la muerte, la guadaña la había llevado Costa Rica. Ahora tocaba usarla contra los griegos.
Durante el primer tiempo se sintió lo propio de cualquier partido de fútbol normal. Por un lado, momentos de angustia cuando hubo lances en que la selección griega estuvo cerca del marco de Keylor Navas; y por otro lado, inquietud de observar que algunas oportunidades de Costa Rica no pudieron ser concretados. En resumen, las emociones en esa primera parte fueron muy comedidas y acorde con lo que había ocurrido en el terreno de juego.
A partir del segundo tiempo y hasta el final, fue como un carrusel de emociones. Con el gol de Bryan Ruiz sobrevino la primera de las emociones, una gran alegría que se compartía de diferentes maneras. En la mayoría de los casos con abrazos con los seres queridos y en familia, en otros casos con desconocidos en plazas públicas, centros comerciales y establecimientos de reunión; y en otros, en soledad, pero con los brazos en alto por la anotación conquistada.
Luego vino la expulsión de Duarte y comenzó la congoja, el padecimiento. La selección de Grecia se nos vino encima y uno deseaba que el tiempo avanzara rápido; sin embargo, sucedía todo lo contrario, el reloj parecía que estaba detenido, era algo angustiante. Logramos llegar a los noventa minutos del tiempo corrido y el árbitro decidió dar varios minutos de alargue y con ello, se alargaba el suplicio que vivimos desde que la selección de Costa Rica se quedó con diez jugadores.
Cuando cayó el gol griego nos invadió un sentimiento de tristeza profunda y aparecieron los fantasmas del pasado. Se nos vino a la mente las veces que después de luchar durante mucho tiempo, al final nos anotaban un gol y todo por lo que habíamos luchado se venía abajo; en otras palabras, unido a la tristeza aparecía en el horizonte  las dudas y  la inseguridad que habíamos tenido en otros momentos.
Los tiempos extras fueron minutos de mucha tensión. Teníamos un jugador menos y en nuestros adentros decíamos: tenemos que resistir estos treinta minutos porque en los penales tenemos chance con Keylor. En aquel momento apareció un sentimiento de orgullo, que sí se podía resistir; es decir, la actitud de los jugadores ante la adversidad, nos hicieron olvidar los fantasmas del pasado e hicieron brotar una de las características del ser costarricense: luchar por salir adelante.
LLegados a la tanda de los penales la expectativa llegó a su máxima expresión. Sabíamos que nuestro arquero podía detener alguno de los penales, pero también pensamos en que nuestros cobradores tuvieran sangre fría y pudieran anotar en cada uno de sus turnos. Se trataba de un momento de una gran incertidumbre sobre qué iba a pasar finalmente, el corazón palpitaba a mil por hora y el frío o el calor recorría todo el cuerpo.
Cuando Navas paró el penal hubo una alegría contenida. Al ver que el tiro del griego iba fuerte y que con una mano, sólida, Navas desvió el remate, todos expresamos ese: ¡ Sí ! con los puños cerrados. Se había confirmado nuestro presentimiento en relación con las posibilidades que teníamos con nuestro portero, sin embargo, para que la alegría pudiera desbordarse, todavía faltaba materializar el siguiente tiro desde los once pasos.
Habíamos escuchado que en los entrenamientos habían practicado los tiros de penal y hasta el momento ninguno había fallado. Aun así y esto es lo perverso del momento, los cuatro penales anotados, la tapada de Keylor a Gekas y todo el esfuerzo desplegado en los ciento veinte minutos, se resumía en aquel quinto penal. El sentimiento de esperanza en aquel momento era máximo y el deseo que esa bola llegará al fondo del arco era de todo un pueblo.
Cuando Michael Umaña anotó el penal, aquella alegría contenida se desbordó totalmente. Todos los sentimientos que se habían experimentado anteriormente, como una especie de cóctel, se reunieron en aquella alegría colectiva; el orgullo de ser costarricense, el amor a la patria, el nacionalismo, la revancha ante aquellos que suelen ver a otros países por encima del hombro, en fin, lo más profundo del sentimiento costarricense se sintetizó en aquel momento.
Frente a la ansiedad, angustia, inquietud, congoja, tristeza, duda e inseguridad, también experimentamos la lucha, la resistencia, el orgullo, la fortaleza, la esperanza y la alegría de todo un  pueblo. Experimentar todas esas emociones o sentimientos, nos hace estar vivos y nos identifica como miembros de una misma sociedad.
Nos reafirma en nuestra identidad como costarricenses y sin caer en una especie de narcisismo colectivo, nos permite darnos cuenta que la felicidad está en ese momento de solidaridad colectiva; en otras palabras, nos hace felices que los otros, nuestros compatriotas,  también sean felices como nosotros, por ello requerimos trabajar para que eso sea posible en todos los campos y no sólo en razón de los triunfos de la selección nacional de  fútbol de Costa Rica.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, el martes 01 de julio de 2014 (20)

miércoles, 25 de junio de 2014

Costa Rica o Costa Pobre: Todo está en la mente

Lo que está ocurriendo en Costa Rica en relación con la participación de la selección nacional de fútbol, merece una reflexión que se puede hacer desde diferentes perspectivas. Nos interesa aquí analizar la incidencia del fútbol en el imaginario colectivo y sobre todo en la autoestima del pueblo costarricense.
 Comencemos diciendo que el campeonato mundial de fútbol constituye un escenario en el que los diferentes países participantes miden sus fuerzas y se comparan los unos con los otros. Bien mirado, es una actividad que sustituye lo que antes se dirimía por medio de la guerra, ya que en un conflicto armado, un país pretende demostrar su superioridad sobre otro por medio de la fuerza.
 Carl von Clausewitz en su clásico libro “De la guerra” decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En relación con el campeonato mundial de fútbol se podría decir algo similar, es decir, es un escenario que sustituye la guerra entre los países y el que la disputa se hace con medios más civilizados.
 Evidentemente esta analogía tiene sus matices y debe ser entendida metafóricamente, ya que lo fundamental es comprender: ¿Por qué la selección de fútbol de un país, tiene la capacidad de incidir en la autoestima de los pueblos? ¿Por qué la selección de fútbol es un reflejo, de la idea que las personas tienen de sí mismos como imaginario colectivo?
 Si la selección nacional de fútbol de determinado país le va bien, ello permite que surja o se reafirme ideas de superioridad o de alta autoestima en relación a las acciones colectivas que pueden lograr los miembros de una determinada sociedad; por el contrario, si los resultados son adversos, existe la tendencia a considerar que la selección nacional de fútbol es un reflejo de las incapacidades o de la inferioridad de los individuos a los que representan los jugadores de fútbol.
 No hay que ser muy brillante para comprender que no existe relación de causalidad entre lo que sucede en el fútbol y las capacidades colectivas de un determinado país. Todo depende del criterio que usemos para valorar o calificar la superioridad o inferioridad de un pueblo sobre otro; si usáramos el criterio del desarrollo humano, los países escandinavos deberían estar disputando la final del mundial; si fuera el desarrollo económico de los países, le tocaría a China o Estados Unidos llevarse la copa.
 Aunque no existe esa relación de causa y efecto, sí es un hecho que los logros o fracasos de la selección nacional de fútbol de un país, afecta la autoestima y la forma en como los miembros de una sociedad se definen y observan colectivamente. En Costa Rica, por ejemplo, somos una sociedad paradójica en la forma en cómo nos vemos a nosotros mismos y ello incide en la autoestima que tenemos como pueblo.
 Por un lado, hay personas que consideran que vivimos en una tierra bendecida por el ser supremo y que la mano divina nos protege y se lleva los huracanes a otras latitudes, un país que tiene los espacios naturales más lindos del mundo y que vivimos en un remanso de paz; por otro lado, en contraste, existen otros que consideran que lo extranjero es mejor que lo nacional, que hay materias en que no somos competentes porque no podemos estar al mismo nivel que otros países, en fin, que como sociedad somos inferiores a otros colectivos del mundo.
 Por supuesto no se puede generalizar, porque toda generalización es idiota y falaz. No se trata de que existan excepciones, que las hay, sino que lo medular es generar un proceso en que el costarricense promedio tenga en su imaginario colectivo la idea de vivir en una sociedad que puede hacer grandes cosas y hacerlas bien; que la autoestima de cada costarricense sea alta, porque está convencido que forma parte de una colectividad capaz de mejorar permanentemente la calidad de vida de cada uno de sus habitantes.
 Antes que la selección costarricense saliera para el campeonato mundial de fútbol de Brasil, hubo personas que hacían los peores pronósticos y todo ello con base en el argumento que era necesario ser realistas. Sin embargo, ese supuesto realismo parte de una serie de preconcepciones que reflejan la baja autoestima y la idea de inferioridad que tienen de la sociedad costarricense, en este caso, aplicado al fútbol.
 Los criterios que se utilizaron son de los más variados. Los jugadores costarricenses son naturalmente inferiores a los alemanes o ingleses en lo físico, a los argentinos o brasileños en lo técnico, o a los italianos o uruguayos en lo táctico. El fútbol costarricense es inferior al fútbol español, inglés, italiano o alemán, porque en esos países hay mejores estadios, campos de entrenamiento y los jugadores son mejor pagados. Y así podríamos señalar una serie de criterios que reflejan preconcepciones que sólo están en la mente de quienes las esgrimen.
 El problema no es que los alemanes o los ingleses tengan un determinado biotipo, sino que nosotros creamos que los costarricenses no tenemos la capacidad para desarrollar jugadores con esas características físicas. Los niños costarricenses, en muchos casos, no tienen nada que envidiarle a un niño argentino o brasileño en cuanto a sus virtudes técnicas, sin embargo, hay personas que los consideran inferiores y que no estamos preparados para potenciar y enseñar la técnica del fútbol. Lo mismo ocurre con lo táctico, les parece que no somos capaces de asimilar y plasmar en el terreno de juego los diferentes esquemas tácticos que se han desarrollado en el fútbol, como si nuestros entrenadores y jugadores tuvieran alguna limitación natural que les impidiera poder hacerlo.
 El problema no es que la ligas europeas tengan mejores estadios, sino que los costarricenses creamos que no somos capaces de construir ese tipo de infraestructura. Que ellos puedan tener más recursos económicos y a partir de ello tener la posibilidad de edificar mejores campos de entrenamiento, es una realidad que es verificable y se acepta; sin embargo, eso es diferente a considerar que son personas superiores en inteligencia, en capacidades y que nosotros como sociedad estamos condenados a una especie de incompetencia colectiva frente a los otros pueblos del mundo.
 El ser realista no consiste en considerarse inferior o incompetente ante los demás seres humanos. Es una realidad que somos un país con menos territorio que otros países, sin embargo, si utilizamos el adjetivo pequeño para referirnos a nuestro país, eso tiene connotaciones que trascienden al dato estrictamente fáctico; es decir, cuando decimos que Costa Rica es pequeña, habría que preguntar: ¿Pequeña en relación con qué?
 Si usamos el criterio del territorio, podríamos afirmar que Costa Rica es pequeña en relación con Rusia pero es más grande que Bélgica o Suiza. Si se considera el índice de desarrollo humano, estamos abajo de Uruguay e Italia  y por encima de Brasil o China. Ahora si el criterio es de tipo futbolístico, de acuerdo al ranking de la FIFA, España o Inglaterra están por encima de Costa Rica y a su vez, nosotros estamos más arriba que Suecia o Austria.
 Si no se está atento a lo engañoso de este tipo de argumentos, estas ideas terminan convirtiéndose en una ideología muy perjudicial para la autoestima de los pueblos. Existen personas que consciente e inconscientemente promueven y están interesadas en que los costarricenses pensemos que somos ineptos y que requerimos de la “ayuda” de otros países para poder salir adelante como nación.
 La autoestima colectiva de Costa Rica no puede depender de lo que un periodista uruguayo o mexicano digan de nuestro país o de la selección nacional de fútbol. En el imaginario colectivo costarricense debe estar posicionada la idea que somos una sociedad que con nuestros recursos y capacidades podemos hacer grandes cosas sin esperar el reconocimiento de los demás países; en otras palabras, no podemos estar supeditados a lo que los demás digan de nosotros, no podemos ser dependientes de un reconocimiento que en muchos casos no existe interés en manifestar.
 Por eso, llama mucho la atención observar la forma en que muchas personas están prestas a ver y escuchar qué dicen de Costa Rica en el extranjero. Al igual que en el mundial de Italia 90, en el que muchos no creían en lo que podía hacer la selección de aquella época, ahora que se ha pasado a los octavos de final, dejan de lado sus prejuicios y se autoenvanecen escuchando las alabanzas de los comentaristas de todo el mundo, especialmente, los mexicanos.
 Probablemente esos mismos que ahora hablan bien de la selección de Costa Rica y los que están hipnotizados con los elogios por la actuación en el campeonato de fútbol de Brasil 2014, no tardarán en volver a poner titulares como el de Costa Pobre y muchos ticos volverán a decir que el fútbol costarricense no sirve para nada, que somos ineficaces e ineficientes, en síntesis que somos el país más desastroso del mundo.
 Y no se trata, como algunos dicen, de tener una actitud optimista o pesimista ante la vida. De lo que se trata es que cada costarricense se convenza de las capacidades que tenemos como nación y que es necesario trabajar duro por conseguir los objetivos que nos proporcionen un mayor bienestar para la mayoría de los miembros de la sociedad. No podemos depender de lo que suceda en un mundial para estar convencidos que somos un gran país y que podemos lograr lo que nos propongamos.
 Ahora bien, si en el camino a la selección de fútbol de Costa Rica le va bien y obtiene buenos resultados: ¡Que dicha! ¡En hora buena!  ¡A celebrar carajo!
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, el 25 de junio de 2014. (225)
http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/92786
http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/92786

viernes, 20 de junio de 2014

Don Beto: El político

Recién llegado a tiquicia me entero de la muerte de don Alberto Cañas Escalante. Evidentemente, por mi edad, no he tenido contacto directo con él y en ese sentido, no faltará quien diga: ¿Quién mete a este mocoso a escribir sobre alguien que, probablemente, no tiene la menor idea quién fue?
 La verdad es que a don Beto lo conozco indirectamente, por medio de sus escritos y con base en lo que otros han escrito de él. Las pocas veces que lo pude escuchar en una entrevista o en un programa de radio que realizaba junto con Álvaro Fernández y Fernando Durán, me pareció un señor del cual se podía aprender.
 En no pocas ocasiones no me gustaba su forma de decir las cosas. Siempre me ha parecido que no es necesario utilizar adjetivos como idiota o estúpido para referirse a personas o acciones con las que uno no está de acuerdo; sin embargo, estas cuestiones de forma eran accesorias a lo sustantivo y en ello, don Beto, solía poner los puntos sobre las íes.
 Evidentemente, por ser una persona multifacética, se le puede recordar desde diferentes perspectivas. La personal la dejò para quienes le conocieron directamente en su faceta más íntima, la de periodista serán sus colegas los que con más autoridad puedan reseñarla, la faceta de escritor o de dramaturgo corresponde a los especialistas en literatura y artes dramáticas juzgarla, de ahí que me interese escribir unas líneas de su faceta como político.
 La primera vez que reparé en su trascendencia como político, fue cuando observé unas imágenes de la Junta Fundadora de la Segunda República en que aparecía sentado a la izquierda de José Figueres Ferrer. El solo hecho de formar parte de ese órgano excepcional, le otorgaba a don Alberto una experiencia única; es decir, no cualquiera podía decir que formó parte del grupo de costarricenses que determinaron, entre otras cosas: el decreto de nacionalización bancaria, la abolición del ejército, el impuesto del 10% al capital y las otras medidas que transformaron a la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX.
 Su nombre me apareció, nuevamente, cuando llegó a mis manos el libro de Constantino Láscaris denominado: “Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica”. Allí el profesor español lo mencionaba, junto con José Figueres, Rodrigo Facio y Alfonso Carro, como representante del social-estatismo en Costa Rica; en otras palabras, en términos ideológicos, lo ponía a la par de otros personajes que impulsaron la intervención del estado para lograr una mayor equidad económica y social.
 Para nadie es un secreto que fue fundador y militante del Partido Liberación Nacional. Obviamente, estamos hablando del partido que existió hasta el gobierno de Luis Alberto Monge Álvarez; es decir, aquel sustentado en los ideales de la socialdemocracia europea, que produjo los índices de desarrollo que Costa Rica tuvo hasta mediados de la década de 1980.
 En consecuencia, como político, don Beto apoyó una visión de país en que hubiese una mayor distribución de la riqueza. Esa postura ideológica en lo económico, contrastaba con su postura elitista en lo político, ya que no estaba de acuerdo que a los puestos de toma de decisión llegaran personas ineptas; es decir, personas con ninguna o poca preparación académica, con lo cual se inclinaba por el filósofo rey descrito en La República de Platón.
 La llegada de Óscar Arias Sánchez a la candidatura y a la silla presidencial en 1986, supuso que se distanciara de las estructuras del Partido Liberación Nacional. No solo don Alberto sino también otros dirigentes históricos se alejaron de la actividad partidista; entre otras cosas, debido al cambio de dirección política e ideológica que se operó en aquellos años de la mano del arismo y sus posturas económicas neoliberales.
 La llegada de José María Figueres Olsen a la candidatura presidencial en 1994, le supuso volver a la actividad política como diputado por la provincia de San José. Observando lo que pasó en aquel cuatrienio, pareciera, desafortunada aquella participación del político Cañas Escalante; cómo pudo alguien de su experiencia prohijar el cierre del ferrocarril o  avalar los contenidos del Pacto Figueres-Calderón. 
 A pesar del respeto y admiración que uno le pueda tener a don Beto, también tuvo sus yerros como político. Su visión elitista en lo intelectual, a veces, lo llevaba a defender una especie de concepción aristocrática de la política; en otras palabras, aunque en la gradería de sol hubiesen personas inteligentes, en muchos casos, se dejaba llevar por el apellido, la alcurnia o la posición social de sus interlocutores.
 Aun así y teniendo en consideración que este tipo de cosas son “peccata minuta”, tuvo la claridad y la valentía de denunciar la podredumbre e irse del Partido Liberación Nacional. No solo lo motivó la corrupción que existía, sino que también buscó evidenciar el distanciamiento y abandono de los ideales que habían inspirado el movimiento encabezado por José Figueres Ferrer.
 Junto con otros disidentes liberacionistas y otros miembros de la sociedad costarricense que añoraban los ideales socialdemócratas, ayudó a fundar el Partido Acción Ciudadana (PAC). Dentro de esta agrupación política se mantuvo fiel a su visión de organización vertical y combatió a lo que él denominó: el sector chavista del PAC. ¡Genio y figura!
 Antes de morir, tuvo la fortuna de ver como su partido político ganaba las elecciones en segunda ronda. Lo vimos en la noche de la victoria, al frente de la tarima, saboreando el triunfo sobre un PLN desconocido para él y que aún ahora no ha entendido que su forma de hacer política quedó desfasada en el tiempo.
 Nos queda a los jóvenes aquilatar la faceta política de don Beto. No se trata de elevarlo a los altares, ni tampoco pensar que era un santo como político; al contrario, fue un hombre de carne y hueso que participó en grandes momentos de nuestra historia, los cuales tienen que ser valorados en función de los resultados concretos que produjeron en la sociedad costarricense.
 Don Beto y su generación produjeron el mayor período de bienestar que ha vivido el pueblo de Costa Rica. Sus ideales, sus luchas, sus empeños, deben de servir de inspiración para nosotros los jóvenes para procurar la sociedad del bienestar del siglo XXI. En lugar de llorar su partida, debemos asumir su legado y revertir los aciagos años que han transcurrido desde mediados de los años ochenta y cuyo resultado más dramático ha sido: el ensanchamiento vergonzoso de la desigualdad entre los miembros de la sociedad costarricense.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr el 20 de junio de 2014 (22)

lunes, 15 de julio de 2013

Costa Rica en relación con Europa

Para tristeza de algunos he vuelto al terruño. Gracias a la educación superior pública tuve la oportunidad de hacer una estancia de un semestre en tierras europeas. La experiencia ha valido la pena, especialmente, para tener punto de comparación y no dejarse llevar por leyendas que ponen a esos países en lugares inalcanzables.
La última vez que escribí en este espacio hablaba de la coherencia que uno debe tener en la vida. Hay personas que después de ir por aquellas tierras vienen hablando maravillas y sobredimensionan las cosas que ven por allá. Ni una cosa ni otra, se trata de describir y no de valorar.
Hay personas que siguen hablando de países desarrollados y subdesarrollados. Cuando se plantea este tema es necesario preguntarles a estas personas: ¿Desarrollados en qué? Europa en el siglo XIX devastó la mayoría de sus bosques y logró contaminar la mayoría de sus recursos naturales, asimismo, en el siglo XX decidieron matarse en dos guerras y siguen teniendo conflictos de tipo religioso (Irlanda) o problemas de xenofobia (Alemania, Francia, España) y hasta de racismo (Italia).
Y no se trata de compararnos ahora que Europa está de capa caída. Al contrario, estos problemas han sido permanentes e históricos, han estado presente desde hace muchos años. Los índices de bienestar que Costa Rica logró cosechar por muchos años no tenían nada que envidiarle a Europa, sin embargo, hay muchas otras cosas en que nosotros estamos mejor que ellos.
La calidad de vida del costarricense es superior a la del europeo. No me refiero a la parte material sino al entorno en que se desarrollan ellos y la comparación que podemos hacer con el nuestro. Solo el clima que disfrutamos en Costa Rica ya marca un punto de inflexión si consideramos las temperaturas extremas que esas sociedades tienen que soportar en el invierno y el verano.
Las personas llevan una vida dedicada al bienestar material. Su rol de vida a cambiado y el estado del bienestar que antes promocionaba un ser humano integral ahora ha venido a menos y con ello se está volviendo a un ser humano individualista que está dispuesto a  ser explotado con tal de obtener un bienestar material que se aleja cada día más de la integralidad por la que lucharon los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial.
He de reconocer que hay un tema en el que nos llevan muchos años de camino. La infraestructura para las comunicaciones de todo tipo entre la gente, para el traslado de bienes y servicios, es un rubro que si marca una diferencia sustancial. No se trata sólo de las obras de cemento y varilla, se trata de los medios de comunicación para que la gente pueda ir de un lugar a otro.
A pesar de lo anterior, Costa Rica no tiene nada que envidiarle a Europa. Tenemos un nivel de vida aceptable, con problemas como los tienen esos y otros países del mundo. Ellos no son la panacea que muchas veces nos pintan, tienen pobreza, delincuencia, corrupción y otros males de la sociedad contemporánea, igual que nosotros. Los medios de comunicación tienen mucha culpa de la idealización que hacemos de esas latitudes.
Nosotros en Costa Rica arrastramos un problema que está arraigado en nuestro imaginario social y que ha sido nefasto, a saber: Ponderamos siempre como mejor lo externo y no valoramos y potenciamos las virtudes que tenemos. Esta forma de pensar y de actuar se refleja en diferentes actividades de la vida, sin que hayamos podido desterrar esta idea que nos ha hecho mucho daño como sociedad.
Tal vez la actividad en la que mejor se refleja esta situación es el futbol. Resulta evidente el bajo nivel cultural y de educación de la mayoría de personas que se dedican a este deporte, salvo excepciones que se cuentan con los dedos de las manos, la mayoría de estos deportistas demuestran su condición cuando se expresan en los medios de comunicación colectiva.
No obstante, también a la hora de jugar muestran su complejo de inferioridad en relación con los jugadores que juegan en Europa. Ven aquello como si fueran seres de otro mundo, en no pocas ocasiones entran a la cancha derrotados mentalmente, tal es el sentimiento de superioridad que tienen con ese tipo de equipos de aquellas latitudes.
Hasta que no superemos este pensamiento nefasto que es alimentado por muchos medios de comunicación y por personas que reproducen el cuento, no comenzaremos a decidir nuestro propio destino. Hay que superar ese colonialismo mental y dejar de creer en esas ideologías que lo único que pretenden es que no tomemos el timón de nuestro propio bienestar.
Aquí estamos nuevamente, para pesar de algunos; sin embargo, a pesar de los pesares, no cambio mi querida Costa Rica por ninguno de los países europeos.
Artículo publicado en el diario digital El País, el 15 de julio de 2013. (1)

lunes, 18 de febrero de 2013

Estaba en buena compañía

Hace unos días escribí un artículo que denomine: “Hay que tener coherencia en la vida”. Allí decía que había decidido no publicar en el diario La Nación y que si uno era ideológicamente coherente, esa era la conducta a seguir.

Algunas personas emitieron algunas críticas a esta postura. Comentaron que la había sacado del estadio, que era una especie de intolerante mediático y que el escribir en ese diario no implicaba una incoherencia ideológica. Soy de los que considero las críticas como algo fundamental para repensar y revisar los puntos de vista que uno tiene.

Todos los comentarios que se emitieron, salvo un par, me hicieron creer que estaba solo en esa forma de pensar. No obstante, seguía considerando que publicar en La Nación es hacerle el juego a la derecha costarricense, es decir, significa ser cómplice de un medio de comunicación que le ha hecho mucho daño a los sectores sociales más vulnerables de Costa Rica.

Jamás manifesté que no había que leer los diarios cuya línea editorial están en contra de lo que uno piensa. Sin embargo, eso es diferente a publicar en un diario abiertamente contrario a las ideas que uno profesa; en otras palabras, en el primer caso uno desarrolla un ejercicio de tolerancia ideológica necesaria en cualquier sociedad civilizada; en cambio, en el segundo caso, uno cae en una falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Dichosamente en esta última semana me he enterado que no estaba solo en esta forma de pensar. Para mi sorpresa, el distinguido escritor Fernando Contreras y el músico Alejandro Cardona, han manifestado un pensamiento similar al planteado por el que escribe estas líneas.

Don Fernando Contreras rechazó el premio Ancora por las divergencias ideológicas que tiene con el diario La Nación y en ese mismo sentido, Alejandro Cardona también rechazó el premio Viva que también es otorgado por ese mismo medio de comunicación escrito. Estos distinguidos exponentes de nuestra cultura, ha dado un ejemplo de coherencia ideológica en no aceptar los premios de un diario que no está acorde con sus ideas.

La negación de escribir en este periódico de derecha se queda corta ante estas dos acciones de Fernando y Alejandro. El rechazo de someter cualquier escrito a la censura previa de un tal Julio Rodríguez es “pecata minuta”, a la par de estos actos de coherencia de estos dos distinguidos intelectuales costarricenses.

No tengo el placer de conocer ni a Fernando y Alejandro, pero después de lo que ellos han hecho me he sentido en muy buena compañía. En buena hora por ellos, porque el mejor reconocimiento que uno puede construir es el de una vida coherente entre las palabras y los hechos.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, 18 de febrero de 2013. (8)

jueves, 24 de enero de 2013

Hay que tener coherencia en la vida

Hace un tiempo decidí no escribir en La Nación. Para empezar, cualquier artículo debe ser pasado por la censura de un señor que se llama Julio Rodríguez y cuyos criterios para determinar qué pública son un misterio; además, en no pocas ocasiones, el texto puede ser objeto de recortes y no necesariamente de estilo o forma.

Ya solo la censura previa realizada por ese señor, debería ser suficiente razón para que cualquier persona deje de publicar en ese diario. Sin embargo, lo de siempre, hay gente cuya ilusión más profunda es ver un escrito suyo exhibido en ese medio de comunicación; es decir, consideran que ese hecho les otorga un estatus especial, un plus intelectual, algo así como un reconocimiento social.

Todavía más repugnante resulta que, no pocas personas, manden artículos a ese periódico y también a otros para ver en cuál publican el texto. Incluso personas que han logrado una cierta reputación, hacen uso de esta práctica; en otras palabras, no hay una coherencia ideológica y lo mismo les da que sus palabras aparezcan en el Eco Católico o en medios alternativos como este en que escribo o el Semanario Universidad.

No se trata de publicar por publicar. Una persona que se dice de izquierda y es coherente, no debería prestarse para publicar en un diario que no solo se aprovecha del intelecto de los demás, sino que no deja espacio para que ideas alternativas a su línea ideológica puedan aparecer sostenidamente, es decir, que de una vez por todas deje de fingir una supuesta imparcialidad que nunca ha tenido.

La exigencia de coherencia también vale para muchos personajes de la derecha. Recientemente, Óscar Arias Sánchez, se quejaba de la parcialidad de ese medio de comunicación; sin embargo, sin el menor sonrojo, ha seguido publicando de manera asidua allí y no está en poca compañía, sino que le pregunten a Ottón Solís Fallas.

La falta de coherencia hace que las demás personas pierdan el respeto. Si una persona pretende o se presenta como de izquierda, lo lógico es que no publique en medios de comunicación que son abiertamente de derecha. En última instancia, si la excusa es que los medios de comunicación de la izquierda tienen poca circulación, podrían tener la decencia de publicar en un diario intermedio.

Nos falta coherencia hasta en lo intelectual. Parafraseando a Ernesto Sábato en una entrevista que le hicieron en los años setenta y que es posible mirarla en internet: No me gustan las personas que son incoherentes, que dicen una cosa y por otro lado hacen otra; esas que ceden ante los encantos de una fama efímera y que por unas pocas monedas, son capaces de ponerse a la disposición de los que supuestamente combaten.

O para decirlo de manera clara y a lo tico: ¡Somos o no somos!
Publicado en el Diario Digital El País.cr, 24 de enero de 2013. (0)

sábado, 5 de enero de 2013

Carta abierta a Ottón Solís

Me parece que usted cae en un error al decir, de un tiempo para acá, que los electores han avalado con sus votos los argumentos éticos que ha venido pregonando desde que fundó el Partido Acción Ciudadana (PAC). No hay una relación de causalidad entre una cosa u otra, al contrario, tengo la impresión que es la insistencia en ese discurso lo que le ha impedido al PAC ganar las elecciones en que ha participado.
La realidad histórica ha mostrado que las razones políticas no siempre coinciden con las razones éticas y viceversa. Piense usted en algo tan sencillo como la dicotomía verdad-mentira, desde un criterio ético el político no debería mentir en ningún momento; sin embargo, en no pocas ocasiones lo hace con base en un criterio político. No valoro si esa conducta está bien o mal, simplemente le describo los hechos; dicho de manera llana, se trata de un enunciado descriptivo y no de un juicio de valor.
Algunas cosas que usted ha dicho como político al final se han convertido en mentira. Recuerdo cuando indicó en campaña electoral que los diputados del PAC no iban a incurrir en las conductas que usted había considerado inapropiadas de otros diputados, por ejemplo, el uso de vehículos de la Asamblea Legislativa; meses después, Humberto Arce y otros diputados hicieron todo lo contrario y lo dejaron a usted muy mal parado. Ya sé que usted no lo hizo, pero sus afirmaciones fueron en su calidad de representante de un partido político y no como sujeto individual.
El problema don Ottón es que en su discurso siempre ha utilizado criterios que usualmente se aplican a las personas en lo individual y que no siempre se pueden extrapolar cuando las personas actúan en grupo. La realidad política y la historia nos muestran que los criterios de ética individual no necesariamente se aplican a la ética de grupo; por ejemplo, está claro que robar es una conducta éticamente reprochable en cualquier caso, pero cuando los miembros de un grupo tienen hambre, esa conducta tenderá a ser justificada si aquella cumple el objetivo de saciar el hambre de los miembros del grupo. No digo que eso esté bien o mal, simplemente es un ejemplo básico de realismo político.
Las personas no necesitamos, se lo digo con el máximo de los respetos, que usted nos diga que es lo éticamente correcto. Desde que estamos pequeños tenemos varias personas e institutos sociales que nos están repitiendo lo que es bueno y malo. El papá o la mamá, el sacerdote o el pastor, la maestra o el profesor, las normas sociales y las legales, en fin, no necesitamos que un político esté recordándonos ese tipo de normas éticas.
Usted en lugar de un líder político se ha convertido en una especie de líder religioso de esos que abundan en los regímenes teocráticos. Están metidos en política pero se comportan como líderes religiosos, siempre diciendo a la gente lo que está bien y lo que está mal, lo que es éticamente correcto y lo que no lo es. Ello lejos de generar empatía, lo que genera es una especie de rechazo inconsciente o en otros casos, totalmente consciente.
A lo largo de la historia la distinción entre política y ética ha estado permeada por la confrontación de lo que Max Weber denominó: ética de los principios y ética de los resultados. La política real suele utilizar la segunda y muchas veces justifica determinadas conductas en función de si se cumplen los objetivos propuestos; la ética, suele estar en un plano ideal que está separado de las personas de carne y hueso, es decir, de las personas que determinan el triunfo o no en una elección.
No le estoy pidiendo que renuncie a sus convicciones. No le estoy diciendo que realice conductas indebidas o ilícitas. Lo que le estoy solicitando es que asuma el rol de un líder político; en otras palabras, deje de asumir esa imagen de inquisidor ético que tanto daño le ha hecho a usted y al PAC.
Los jóvenes constituimos un porcentaje importante del padrón electoral. Creo que una buena parte apoyamos opciones que estén del centro hacia la izquierda del espectro político, sin embargo, estamos hartos de los políticos y de los discursos tradicionales.
Cuando el PAC apareció fue una esperanza para mucha gente que nos movemos en ese espacio ideológico, pero una cosa es la política con ética y otra muy diferente es hacer de la política una ética que casi se confunde con una religión.
Artículo publicado en el diario El País.cr, 05 de Enero de 2013. (23)

martes, 25 de diciembre de 2012

Las corridas de toros deberían desaparecer

Durante miles de años hemos estado agrediendo a los otros seres con los que compartimos este mundo. Los seres humanos nos hemos convertido en los mayores depredadores no solo de nuestro entorno, sino de nuestra propia especie. Somos tan soberbios que pretendemos estar por encima del resto de los animales y de la naturaleza que puebla la tierra.
La convivencia de nosotros con los animales ha sido nefasta para ellos. A lo largo de la historia el ser humano ha perturbado el hábitat del resto de los animales, los ha esclavizado y dominado para satisfacer sus propios intereses. No contento con esto, ha sometido también a sus semejantes y sigue privando de su libertad a hombres, mujeres y niños.
Los animales son los que han llevado la peor parte en este deseo irracional del ser humano. Históricamente se ha legitimado la utilización de animales para la alimentación y para el trabajo, es decir, el criterio ha estado basado en un beneficio para la sobrevivencia y el menor esfuerzo físico de las personas. La sumisión de los animales ha tenido como justificación una utilidad práctica .
No obstante, los animales también han sido usados para la diversión de los seres humanos. Esta utilización no es justificable desde ningún punto de vista, se trata de una agresión basada no en una necesidad, sino en el envanecimiento y en la satisfacción de los instintos más bajos de nuestro género.
Los animales han sido maltratados desde tiempos lejanos. Se les ha alejado de su hábitat natural con el propósito que los seres humanos los contemplen en jaulas o que los vean morir en las actividades de ocio inventadas para su diversión. Quizás el ejemplo histórico más representativo es lo que sucedía durante la época del Imperio Romano en el Coliseo.
Los zoológicos y las actividades de ocio son una evidencia de la irracionalidad de los seres humanos. Por mejor cuidados que estén los animales en los diferentes zoológicos del mundo, estamos en presencia de un cautiverio que se contrapone a la magia de ver a los animales libres en su hábitat natural. Injustificable e irracional es también, el uso de animales para satisfacer el deseo de distracción de las personas a través de una especie de necrofilia.
Resulta esperpéntico observar como en otros países se infringe castigo y muerte a propósito de las corridas de toros. En España, por ejemplo, ha habido un gran debate entre los que defienden la “fiesta brava” y aquellos que consideran que se trata de una actividad grotesca y que va contra la razón de cualquier persona racional. Hay gente que se ha atrevido a considerar tal barbarie como una actividad de interés cultural y que constituye parte de la identidad nacional de aquel país.
En Costa Rica, dichosamente, hace tiempo se prohibió la matanza de toros inocentes en las corridas de toros. No obstante, hay que preguntarse: ¿Qué necesidad tiene el ser humano de distraerse a costa de un toro que podría estar tranquilo en su hábitat natural? ¿Qué placer encontramos en ver a otros seres humanos molestando a un toro para ser correteados o corneados? ¿Qué gracia tiene que una persona le jale el rabo al toro, se monte sobre su lomo o que lo soguee para volverlo a su cautiverio? ¿Acaso no hay otras formas de diversión en que no es necesario molestar o perjudicar a los animales?
Los espectáculos taurinos y otros en que los animales son utilizados para la diversión irracional de los seres humanos deben desaparecer. Si alguien le interesa conocer cómo es y actúa un animal, que vaya a su hábitat natural y lo contemple en total libertad. En lugar de que los animales vayan donde está el ser humano, nosotros debemos de ir donde están ellos.
El desarrollo tecnológico de la humanidad no permite justificar, en la actualidad, el uso y maltrato de los animales. Si en el pasado se requería un caballo para trasladar carga a otro lugar, ahora tenemos los diferentes vehículos desarrollados por el ingenio humano. El argumento a la tradición no es de recibo para tratar de justificar las vejaciones que le infringimos a los otros seres con los que compartimos nuestra existencia, debemos tratar de evolucionar y no seguir anclados en un pasado que en nada enorgullece a la humanidad.
Muchos no estarán de acuerdo con este artículo. Buscarán razones para justificar el por qué los toros de fin de año y otros de similar calaña deben permanecer, sin embargo, si uno lo piensa bien, se dará cuenta que no hay justificación para divertirse de esta forma. Ahhh ! Supongo que no hace falta decir que detrás de todo esto hay un gran negocio para unos pocos.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, 25 de diciembre de 2012. (20)

sábado, 15 de diciembre de 2012

Indulgencias navideñas

Todos los años es lo mismo. Cuando se aproxima la navidad, comienzan a darse una serie de iniciativas que tienen como justificación ayudar a los pobres. Se recogen juguetes para los niños o dinero para solventar las necesidades de alguna gente que tiene la suerte de ser considerada por sus benefactores.

En realidad estos actos son una forma en que los seres humanos pretendemos paliar los remordimientos o los reclamos de nuestra conciencia. Ante el esperpéntico espectáculo de la pobreza de muchos de nuestros semejantes, buscamos expiar nuestras culpas por medio de una caridad calculada y totalmente hipócrita.

De todas las iniciativas, la que denominan “Un sueño de navidad” es la más deprimente. La televisora que promueve esta actividad, en primera instancia, se presenta como una especie de organización benéfica; sin embargo, lo que hace es ganar dinero con base en la exhibición de la miseria de una serie de personas.

Las historias de estos seres humanos cubren importantes segmentos de tiempo en el noticiario de la televisora. El objetivo de esa práctica es sensibilizar al televidente o mejor dicho que le remuerda la conciencia, para que decida colaborar con su dinero en esa iniciativa de caridad. En términos reales lo que hacen es canalizar un dinero privado para realizar una obra de caridad anual, la cual le reporta grandes ganancias en términos de imagen corporativa y en la preferencia del público.

Las empresas privadas son los otros actores que intervienen en todo este sueño navideño. La publicidad que, usualmente tiene un costo alto para las empresas, es permutado por un pago en especie. En lugar del pago en dinero en efectivo, las empresas patrocinadoras “donan” enseres y otros objetos que las personas necesitadas han requerido durante los reportajes. Las empresas privadas patrocinadoras ven realzada su imagen con este accionar o como dicen ahora: cumplen con su política de responsabilidad social corporativa.

Como se observa, se trata de una puesta en escena que no tiene desperdicio. Todos los involucrados en este “sueño de navidad” ganan algo, salvo los desafortunados pobres que no tuvieron la suerte de ser elegidos para ser parte de esta gran obra de caridad. Dicho en otras palabras, el resto de pobres que hay en Costa Rica tendrán que esperar un año más para ver si tienen la fortuna de ser escogidos y así cumplir su sueño navideño.

Tengo claro que los párrafos anteriores pueden ser objeto de múltiples críticas. La más obvia está relacionada con aquella frase que dice: mejor eso que nada. El meollo del asunto no es tanto develar la trama mercantilista que hay detrás de este tipo de puestas en escena o evitar que se sigan dando; no, la idea es indicar que este tipo de actos de caridad no resuelven el problema, porque lo que se requiere es una política de Estado para promover que los pobres salgan de la situación de miseria en la que se encuentran.

Otra crítica derivada del planteamiento anterior es que si el Estado no puede solventar dichas necesidades: ¡Que hay de malo que la empresa privada lo haga! El problema es que la empresa privada con este tipo de actos de caridad anual, no resuelve una situación que es de carácter estructural; es decir, los actos de caridad y las políticas asistenciales de la ideología neoliberal han demostrado que no sacan a la gente de la pobreza.

En lugar de engañarnos con esta especie de indulgencias navideñas, deberíamos promover una política de Estado que resuelva el problema de la pobreza. La mayoría de las personas no nos gusta que nos regalen las cosas, al contrario, nos gusta trabajar por ganarlas; es decir, el ser humano necesita que lo enseñen a pescar, no que le den el pescado.

En esto no hay que descubrir el agua tibia, porque como dicen: ya todo está inventado. Es necesario una política integral que permita a los miembros jóvenes de las familias pobres acceder a la educación, la salud y a trabajos con salarios que permitan el sustento mínimo para que se pueda dar un salto cualitativo entre una generación y otra.

La caridad es una de las virtudes teologales junto con la fe y la esperanza. Sirve para que los seres humanos nos sintamos bien y olvidemos la indiferencia que solemos tener en relación con la inequidad existente en el mundo. No se trata aquí de plantear que la caridad debe desaparecer, sobre todo, aquella que esconde otros objetivos distintos a los de la solidaridad; se trata de entender que debemos diseñar políticas permanentes para sacar a la gente de la pobreza y no conformarnos con dar una limosna en navidad.

¡Y el resto del año! ¿Qué? Si te vi, no me acuerdo.

Artículo publicado en el diario El País.cr, 15 de diciembre de 2012. (1)
http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/76120

miércoles, 5 de diciembre de 2012

¡Usted es pobre por su propia negligencia!

La ideología oficial costarricense, por mucho tiempo, pregono que la sociedad costarricense era igualitica. Este mito sirvió para ocultar las diferencias entre los que tenían y los que no. Se decía que desde la época de la colonia había existido una sociedad homogénea en que las diferencias sociales, prácticamente, no existían o habían sido mínimas.

La idea de una sociedad costarricense igualitaria se desarrolló con fuerza en la segunda mitad del siglo XX. Como base en el “Estudio sobre economía costarricense” de Rodrigo Facio, el discurso oficial posicionó esta idea en el imaginario colectivo. Los indicadores económicos de la época parecían legitimar esta idea y las políticas sociales desarrolladas, apoyaban la creencia de que aquello podía ser una realidad.

Durante treinta años la desigualdad en la sociedad costarricense disminuyó. El Estado de Bienestar que se comenzó a desarrollar a partir de 1950, trajo consigo indicadores económicos y sociales que, sobre todo, generó una gran clase media urbana y rural. La mayoría de la población iba a la medicina y educación pública, la política de salarios crecientes permitió una mayor distribución del ingreso y por tanto, una mayor igualdad entre los costarricenses.

La edad dorada del Estado de Bienestar costarricense duró hasta inicios de los años ochenta. Por supuesto que no se trata aquí de echarle la culpa a Daniel Oduber o a Rodrigo Carazo, del cambio operado en la sociedad costarricense. El punto es que aquella coyuntura determinó un cambio en el estilo de desarrollo que había permitido a los costarricenses creer en el mito de una sociedad de igualiticos.

La década de los ochentas es el inicio de una transformación que va traer como resultado la desigualdad creciente que hoy vivimos. A partir de 1986, con el gobierno de Óscar Arias Sánchez, se da un viraje en el modelo de desarrollo privilegiando lo privado sobre lo público. Los planes de ajuste estructural junto con otras medidas económicas, especialmente de carácter tributario, otorgaron incentivos a los que más tienen y cargó de impuestos indirectos a los que menos tienen. Se creó una estructura tributaria regresiva cuyo costo se hizo recaer sobre los hombros de los trabajadores.

La ideología oficial comenzó a desprestigiar lo público en favor de lo privado. La educación pública dejó de ser financiada adecuadamente y a los profesores se les retiró el estatus que siempre tuvieron dentro de la sociedad costarricense. En la salud pública se comenzó un proceso similar, sin embargo, aquí se contó con la complicidad de algunos médicos que promovieron la consulta externa privada a partir de una mala atención en la consulta externa pública.

Este proceso que ya lleva más de veinticinco años, es el que ha dado como resultado la desigualdad creciente que estamos viviendo. El discurso ideológico de la sociedad igual, ante esta realidad pura y dura, ha quedado totalmente desvirtuado y desfasado en el tiempo. Ese discurso mítico que se promovió a partir de la segunda mitad del siglo XX, en la actualidad, sería ridículo promoverlo y defenderlo. La evidencia empírica es tan contundente que no admite refutación.

Ante esta realidad el discurso ideológico oficial ha optado por justificar la desigualdad imputando la condición de pobreza a las personas. La pobreza es una situación de responsabilidad personal, es decir, se es pobre por la negligencia de cada uno de los individuos. La diferencia entre ricos y pobres no radica en que un niño pertenezca a una familia que pertenece al 20% más rico y otro al 20% más pobre; sino que esa diferencia depende del esfuerzo que haga cada niño a lo largo de su vida y la responsabilidad que asuma en relación con su propio destino.

Este discurso ideológico no puede ser más falaz, sin embargo, pareciera que ha sido interiorizado por la mayoría de la población. El que el niño pobre viva en un precario, se nutra mal, esté expuesto a enfermedades, tenga un acceso limitado a la salud pública y vaya a una escuela cuya planta física está deteriorada, no implica ninguna diferencia para esta ideología. Lo importante es que ese niño sea responsable con su devenir y que se esfuerce por ser alguien en la vida, si no lo consigue será, única y exclusivamente, por su negligencia.

Como se observa, el discurso ideológico fue cambiado por otro mito que es la idea de que el costarricense vive en una sociedad de oportunidades. El derecho a una mayor igualdad material fue transmutado por una expectativa de derecho, es decir, por una igualdad potencial. El cuento de la Suiza de Centroamérica ha quedado atrás, no porque Costa Rica haya dejado de ser una tierra bella sino porque los datos empíricos han pulverizado el mito de la igualdad económica entre los ticos.

Ahhh!, pero la ideología sigue cumpliendo su función. No olviden que entre tanta desventura, de cuando en cuando, nos dicen que somos el país más feliz del mundo.
Artículo publicado en el diario El País.cr, 05/Diciembre/2012. (19)

lunes, 26 de noviembre de 2012

El Gobierno lo ejerce el pueblo junto con los supremos poderes

El artículo segundo de nuestra Constitución Política dice lo siguiente: “La soberanía reside exclusivamente en la nación”. Dicho en otras palabras y para que nos entendamos todos, la soberanía es la potestad que tenemos cada uno de los costarricenses, individual y colectivamente, de decidir sobre nuestro propio destino y en relación con los asuntos que competen a la sociedad en su conjunto.

En ejercicio de esa soberanía, en 1949, se acordó establecer un régimen político de tipo republicano. No acordaron los constituyentes, ni los ciudadanos que aprobaron la Constitución Política que éstos elaboraron, que el Estado costarricense se rigiera por una Aristocracia o por una Plutocracia; esto con el pesar de algunos políticos modernos que, probablemente, desearían que alguno de estos tipos de régimen político fueran los existentes en Costa Rica.

La República moderna tiene como base al régimen político que surgió después de la Revolución Francesa. Una de las ideas fundamentales que inspiró ese hito histórico fue la necesidad de distribuir el poder, tesis como las de John Locke y el Barón de Monstesquieu ayudaron a dar sustento ideológico a este tipo de organización política. La idea que ha prevalecido y que ha caracterizado al régimen republicano es: la no concentración del poder en ninguna instancia o persona.

La premisa de que la soberanía reside en cada costarricense y que en ejercicio de ésta, se decantó por un régimen político republicano, se refleja claramente en lo consignado en el artículo noveno de la carta magna que dice: “El Gobierno de la República es popular, representativo, participativo, alternativo y responsable. Lo ejercen el pueblo y tres Poderes distintos e independientes entre sí: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial”

Cada palabra de este texto constitucional tiene un significado en sí mismo. Primero nos indica que la República va tener un Gobierno, que no es lo mismo que decir tendrá una administración. El Gobierno es aquella instancia que toma las decisiones que a la administración le tocará llevar a la práctica. No es lo mismo, Gobierno que Administración.

Ahora bien, las personas que pasajeramente ejercen el Gobierno tienen que tener muy en cuenta las atribuciones que la Constitución Política les asigna. Al decir que es popular lo que significa es que, recordando a Lincoln, el Gobierno es del pueblo, para el pueblo y por el pueblo; desgraciadamente, muchos suelen olvidar este imperativo cuando se encuentran en los puestos de toma de decisión.

Por otra parte, cuando el artículo constitucional afirma que el Gobierno es representativo, no significa esto que el pueblo renuncia a su soberanía en función de su representante. La representación es una figura que se ideó cuando las comunicaciones eran precarias y había que elegir a una o varias personas para que representaran a los miembros de una población en los órganos de decisión colectiva; en la actualidad la situación que originó ese instituto político tiene menos sentido, especialmente, porque la incomunicación formal ya no es un obstáculo para saber qué temas se están debatiendo en los órganos de toma de decisión. En todo caso, los representantes ante los órganos de Gobierno deben tener presente, que su designación no es un cheque en blanco para hacer lo que les dé la gana.

La indicación de que el Gobierno es participativo evidencia que no puede, ni debe, dejar de tomar en cuenta a la ciudadanía. Cuando el pueblo se manifiesta está ejerciendo y reivindicando su participación en el Gobierno; sin embargo, hay personas que al parecer no saben, no se acuerdan, no entienden o simplemente quieren desconocer, el significado de estos conceptos fundamentales. La participación del pueblo no se reduce a votar cada cuatro años o a votar cada vez que se convoca a un referéndum, de ahí que sea necesario manifestarse para exigir esa participación ante aquellos que desconocer lo que indica el artículo noveno de la Constitución Política.

La alternancia del Gobierno muestra el deseo del constituyente y de la ciudadanía que votó el texto constitucional, de evitar la perpetuación de las personas en los diferentes puestos gubernativos. No me es ajeno que este es un punto caliente dependiendo del puesto que se esté considerando y de la coyuntura en que se plantee la alternancia; sin embargo, reitero lo que he dicho en otros artículos: la regla debería ser la posibilidad de reelección inmediata por un período igual al establecido para el puesto correspondiente y después, en caso que haya sido reelecto y una vez cumplido el segundo periodo, se le agradece a la persona su trabajo y la persona tiene toda la libertad y el derecho de dedicarse a lo que quiera.

Finalmente se consigna el artículo noveno que el Gobierno es responsable. La responsabilidad es para con el pueblo que exige decisiones que vayan en favor del bienestar colectivo; es decir, los que están en la toma de decisiones no deben perder de vista que su responsabilidad es para con todos los ciudadanos y no para con unos cuantos. El pueblo debe exigir en todo momento esa responsabilidad y no permitir que ninguna mala decisión pase desapercibida o que se olvide bajo el manto de la impunidad.

Pero como si fuera poco y, ¡para que no le falte!, la Constitución Política reafirma que el Gobierno lo ejerce el pueblo y el poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial. En otras palabras, les recuerda a las personas que están en esos puestos de decisión, que el ejercicio de sus cargos lo deben hacer tomando en consideración al pueblo.

De ahí que los ciudadanos tenemos el derecho y la obligación, cuando los miembros de los supremos poderes desconocen este mandato constitucional, de recordarles quiénes tenemos la soberanía en la República y que el pueblo no es un convidado de piedra a la hora de ejercer el Gobierno.

La manifestación pacífica es una de las tantas formas en que el pueblo reivindica esos postulados. Sin embargo, la historia nos enseña infinidad de ejemplos en que los pueblos se han revelado cuando los gobernantes no escuchan a su pueblo y pierden el respeto por aquellos que tienen la soberanía dentro de la República.

A los miembros de los supremos poderes, sin excepción, con todo respeto les digo: Tengan presente estos dos artículos de la Constitución Política y no pierdan la perspectiva. Los pueblos son pacientes pero un día, nunca se sabe cómo y por qué, pierden la paciencia; es decir, un día cualquiera se desatan acontecimientos, se desbordan las pasiones, se canalizan las frustraciones y el ser humano da rienda suelta a sus instintos más básicos.

O para decirlo a lo tico: No le jalen mucho el rabo a la ternera porque nadie sabe cómo puede reaccionar y qué daños puede provocar.
Artículo publicado en el Diario El País.cr, 26 de noviembre de 2012. (4)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Carta abierta a Fabio Molina

Uno de los cursos de primer año en la Facultad de Derecho, tiene entre sus contenidos la enseñanza de algunos aspectos básicos de lógica. Vemos las falacias no formales entre las que se encuentran las falacias de atingencia, siendo una de ellas la denominada falacia de causa falsa. Señor Molina, a quién pretende engañar afirmando que lo ocurrido con el magistrado Fernando Cruz tiene como causa o motivación el deseo de que la Sala Constitucional no se extralimite en sus competencias.

Su razonamiento no sólo es una falacia de causa falsa, sino también es una falacia de composición. No existe relación entre no reelegir un magistrado y la reforma de la ley de Jurisdicción Constitucional para acotar las potestades o reestructurar el funcionamiento de la Sala Cuarta. Todos sabemos que lo segundo se hace con una reforma a la ley que, por cierto, los legisladores actuales y los anteriores no han tenido la voluntad o capacidad de hacer.

Señor Molina, como estudiante y como ciudadano le exijo respeto. No trate a la ciudadanía como si fuéramos imbéciles, personas como usted hacen que las personas detesten a la política. Tenga un poco de amor propio, deje de comportarse como una persona sin criterio propio y sometido a los designios de esas personas que todos conocemos. A mi corta edad no puedo entender como alguien puede soportar un vasallaje de esas dimensiones.

En un país tan pequeño como Costa Rica todo se sabe. Todavía más cuando se trata de un asunto relacionado como el pequeño mundo de la política y el derecho. La excusa que usted ha dado para haber promovido la vejación que le han hecho al magistrado Cruz es de lo más burda y soez, sinceramente, lo retrata de cuerpo entero y evidencia la putrefacción de la clase política costarricense.

Usted ha dicho, sin el menor sonrojo, como parte de sus “argumentos”, que es necesario renovar a la Sala Constitucional y que esa es una de las razones por la cual se promovió la votación contra el magistrado Fernando Cruz. Si esa fuera una justificación sincera, tendría que comenzar por no reelegir al magistrado Luis Paulino Mora Mora; ya que éste es magistrado de la Sala Constitucional desde 1989 y que, de paso, no ha aflojado la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia desde 1999.

Como estudiante me ha tocado leer las sentencias de la Sala Constitucional. Usted puede estar de acuerdo o no con los razonamientos del magistrado Fernando Cruz, pero cuesta encontrar una fundamentación falaz en sus pronunciamientos; todo lo contrario de los planteamientos que su persona ha realizado, para intentar justificar esta acción marrullera y que es propia de los políticos de poca monta que vienen ostentando puestos en los últimos años.

No he tenido el privilegio de ser alumno de Fernando Cruz, pero tengo las mejores referencias de él como profesor. Espero que vuelva a la academia donde se le quiere y se le respeta, ya que se necesita gente como él en las aulas universitarias. Podrá hacerlo, a diferencia de otros, con la frente en alto y con la dignidad que las personas correctas y de bien tienen. Estoy seguro que, en el claustro universitario, encontrará un lugar en el que siga luchando contra las personas que quieren hincar a la institucionalidad costarricense.

Quiero finalizar diciéndole que personas como usted no merecen ser representantes de la ciudadanía costarricense. Su forma de expresarse y de fundamentar este hecho vergonzoso es un insulto a la inteligencia de cualquier persona con un mínimo de formación. Lamento que la provincia de Alajuela tenga un representante ante el Parlamento de sus características, si tuviera un poco de decoro debería abstenerse de salir a los medios de comunicación a justificar la razón de la sinrazón.
Artículo de opinión publicado en El País.cr, 17 de noviembre de 2012. (15)

martes, 13 de noviembre de 2012

El opio del pueblo costarricense

Una de las frases más conocidas de Karl Marx es: La religión es el opio de los pueblos. La frase leída fuera de contexto y de manera aislada se ha prestado para malas interpretaciones. El enunciado adquiere otro sentido cuando se lee el texto completo en que está contenida. Una de las tantas versiones en español de la Contribución a la Crítica del Estado de Hegel (o del Derecho según sea la traducción) dice lo siguiente:

“La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo. Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real. La exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones. La crítica a la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas, cuyo halo lo constituye la religión.”

Desgraciadamente el planteamiento de Marx fue interpretado en los regímenes mal llamados comunistas, como una solicitud para suprimir a las diferentes denominaciones religiosas. Sin embargo, la crítica marxista (desde mi perspectiva), no estaba orientada a eliminar la práctica religiosa, sino que iba en el sentido de evitar que la religión se convierta en un inhibidor de la lucha contra lo que él llamaba la miseria real.

Para decirlo de una forma sencilla y para que nos entendamos. Si hay un reino celestial después de la muerte y se pregona que la entrada a ese lugar requiere del sufrimiento aquí en la tierra, hay personas que, dependiendo de lo que le diga su líder religioso, pueden considerar que no vale la pena luchar para cambiar la situación de miseria y pobreza que le ha tocado vivir en la tierra. Al fin y al cabo la verdadera vida es la que tendrá en el cielo o en el reino de Dios, claro está, siempre y cuando no haya faltado a las normas religiosas establecidas por la Iglesia correspondiente.

Quiero dejar claro y para que no haya malos entendidos, que estoy a favor de la libertad religiosa. Defiendo la tolerancia como valor fundamental de cualquier sociedad democrática, así como el derecho a la libertad de conciencia. Toda persona tiene derecho a creer o no creer en lo que estime conveniente, así como practicar o ser feligrés de cualquier Iglesia o denominación religiosa que decida. No obstante, me parece que una persona puede creer en Dios e incluso practicar una religión, sin que ello lo inhiba de protestar y oponerse a la inequidad social o manifestar su repudio a los excesos de ciertos sectores de la sociedad.

No se puede negar la influencia que tiene la ideología religiosa en nuestra sociedad. Independientemente de la religión que se profese, la mayoría de los costarricenses estamos muy influidos por la idea de Dios y por los valores o desvalores que sus dirigentes han difundido desde tiempos inmemoriales.

En no pocas ocasiones se suele dejar asuntos que requieren de la acción del ser humano en las manos de la divinidad y eso suele expresarse en frases como: Que sea lo que Dios quiera o Dios proveerá. En última instancia sería mejor que en lugar de fomentar una actitud como la descrita, se abogue por otra en que se privilegie el esfuerzo personal y que podríamos sintetizar en la frase: A Dios rogando y con el mazo dando.

Ahora bien, si agudizamos nuestra observación de la realidad costarricense, veríamos que en la actualidad existen otros opios que nos tienen adormecidos o, mejor dicho, distraídos. Resulta evidente que en la sociedad actual se han creado una serie de distractores para que las personas mantengamos nuestra mente ocupada, especialmente, en temas que están alejados de aquellas cosas que impactan contundentemente nuestra vida diaria.

No hay que ser una luminaria para percatarse que, por ejemplo, el fútbol se ha convertido en un opio igual o más poderoso que el señalado por Marx en 1844. En la actualidad hay partidos de fútbol todos los días de la semana, tanto nacionales como extranjeros, es una actividad omnipresente en nuestra sociedad y eso se refleja en los temas de conversación prevalecientes entre las personas.

Antes la jornada futbolística se limitaba al domingo y en un horario que estaba restringido a las once de la mañana para todos los partidos. De un tiempo para acá es avasallante la forma en que este deporte invade la vida de las personas y como los medios de comunicación dedican la mayoría de su programación a este distractor universal.

A la par del fútbol y de otros deportes, está el opio de los espectáculos televisivos (Bailando por un sueño, El Chinamo, Intrusos de la farándula, etc.), conciertos musicales, corridas de toros, Megabares y un largo etc. Las “estrellas” de estos y otros espacios son personas con mucho músculo, glúteos, senos y, aunque no se puede generalizar, con poco seso; gente que hace de lo superficial y de lo estúpido lo normal, lo “chic”, lo “cool”,en otras palabras, lo que te hace ser el más guapo e interesante o la más divina o sexy.

El problema no es que exista este tipo de gente, al fin y al cabo, hay que respetarlos como seres humanos y tienen todo el derecho de hacer con su vida lo que quieran. El gran dilema es que se ha ido estableciendo en el imaginario colectivo la creencia que la sociedad costarricense es eso, es decir, que para ser exitoso en la vida hay que comportarse de esa manera.

La realidad del más de 20% de pobreza que venimos arrastrando o del aumento sostenido de la inequidad que han venido denunciando los diferentes estudios socioeconómicos, queda relativizada a partir de esta ideología de lo superfluo. Los héroes ya no son los Clodomiro Picado, ni los Rodrigo Facio, ni las Carmen Lyra, sino que hay que parecerse a los Edgar Silva, a los Walter “El Paté” Centeno o a la Marilyn Gamboa, por mencionar solo algunas “luminarias” ticas.

Cada cual es libre de ver, hacer o divertirse de la manera que estime conveniente. No obstante, los jóvenes debemos darnos cuenta que la “realidad” difundida por los medios de comunicación, no siempre se corresponde con la realidad que vivimos las personas de carne y hueso. Nadie está planteando que las personas dejen sus creencias o su religión, tampoco se pretende que dejen de ver los partidos de fútbol o los espectáculos televisivos de turno; lo que decimos y postulamos, es que es necesario percatarse que existe una realidad bastante diferente de esa frivolidad con que la ideología imperante presenta nuestra vivencia diaria.
Artículo publicado en el Diario El Pais.cr, 13 de noviembre de 2012. (12)

martes, 6 de noviembre de 2012

Analfabetismo jurídico

En Costa Rica y en otros países del mundo, no todos los abogados graduados y colegiados saben de Derecho. Hay personas que tienen la creencia que la persona con un título académico e incorporada al Colegio de Abogados conoce la ciencia jurídica. La realidad, desgraciadamente, evidencia lo contrario y verifica, constantemente, la falsedad de esta creencia.

La realidad jurídica del país muestra que hay, al menos, cuatro tipos de personas relacionadas con la aplicación del ordenamiento jurídico. Un primer grupo es aquel que debido a su relación con una oficina de abogados, por trabajar en entes u órganos relacionados con la aplicación del Derecho, aprenden a realizar una serie de trámites que no requieren de ningún conocimiento jurídico. Notificadores, “Gavilanes” y la Secretaria del Bufete, por ejemplo, entran en este conjunto.

Un segundo grupo son los que podemos denominar los técnicos jurídicos. Son personas que dicen haber estudiado Derecho pero que en realidad lo único que les han enseñado es lo que dicen los Códigos y Leyes, muchas veces sin entender el origen y el sentido de los institutos jurídicos consignados en los textos legales. En esencia, se trata de los denominados tinterillos, es decir, el legítimo rábula. Entre estos encontramos abogados (litigantes, jueces, asesores legales) que nunca leyeron un texto de teoría jurídica y mucho menos de filosofía del derecho.

Un tercer grupo son aquellos que sí han leído textos jurídicos y se supone conocen de la teoría jurídica. No obstante, no es raro encontrarse abogados que ni siquiera se acuerdan de los autores que leyeron y mucho menos saben explicar lo que el autor respectivo planteaba. En el mejor de los casos, los abogados de este grupo se caracterizan por asumir la teoría como un dogma de fe y por nunca cuestionar los postulados teóricos que les fueron enseñados; en otras palabras, se trata del clásico abogado que pretende impresionar a partir de la repetición irreflexiva de fórmulas de autoridad de los diferentes autores.

Por último, encontramos un cuarto grupo, sumamente pequeño, que tiene conocimiento del Derecho y además asume una actitud crítica frente al mismo. Los abogados que están en este nivel son los menos y son aquellos que comprenden que el Derecho no es una aplicación mecánica de la ley (positivismo ideológico) sino que supone un instrumento para la realización de un valor supremo como la Justicia.

En Costa Rica lo que abunda son los abogados del segundo grupo. La falta de cultura jurídica es un problema que tiene su origen, entre otros factores, en la aparición de una serie de Escuelas de Derecho que han hecho negocio con una carrera con costos mínimos y ganancias máximas. En efecto, a diferencia de otras carreras en que se requiere una alta inversión en equipo (Odontología, Microbiología, Ingeniería Eléctrica, etc.), la carrera de Derecho es de las denominadas de tiza y pizarra; es decir, sólo se requiere invertir en un aula con asientos, pizarra y un “profesor” que repita los apuntes que hizo cuando cursó la materia que imparte.

Usted que está leyendo este texto, por favor, pregunte a un abogado reputado: ¿Conoce usted cuál es el planteamiento teórico desarrollado por Hans Kelsen? En el mejor de los casos le va a responder diciendo algo sobre la pirámide kelseniana de jerarquía de las normas, pero no se sorprenda si no le saben explicar más allá de su enunciado. En todo caso, no espere que el abogado de marras haya leído y comprendido la obra fundamental de Kelsen, “Teoría Pura del Derecho”, y menos aún otros textos relacionados con su postura epistemológica en relación con el Derecho.

Ya no se diga de las deficiencias que muestran los abogados en materias específicas del Derecho. No espere que en materia penal se hayan leído un libro básico como “De los delitos y las penas” o que en materia laboral comprendan el sustrato marxista que hay detrás de los diferentes institutos del Derecho del Trabajo. Menos aún que recuerden a los grandes autores que le han dado forma al Derecho Constitucional, a pesar que muchos abogados se autodenominan en la actualidad: constitucionalistas.

“Demasiados abogados” es el nombre de un famoso texto que describe estas y otros problemas que son aplicables a la realidad costarricense. Todos hemos visto en los últimos años como ha crecido el número de abogados en Costa Rica, sin embargo, más abogados no significa más conocimiento del Derecho y mucho menos un mejor funcionamiento del sistema jurídico costarricense.

Para nadie es un secreto que muchos flamantes abogados con licencia para ejercer, se graduaron en una “universidad” en dos años o menos. No es raro encontrar personas que antes trabajaban de notificador o en cualquier otro puesto en un despacho judicial, y a la vuelta de veinticuatro meses, aparecía como juez de la República e impartiendo “justicia”.

En esto último la responsabilidad de los diferentes magistrados de la Corte Suprema de Justicia es total, los que están y los que han estado. Son ellos los que permitieron que se diera esta situación y eso se ha reflejado en la administración de justicia. Basta leer las sentencias de los actuales jueces para darse cuenta que muchos ni siquiera saben escribir y que si no existieran los comandos “cortar” y “pegar” no podrían emitir una sentencia o un auto judicial.

Como estudiante me da mucho coraje tener profesores que pretenden ejercer la docencia con esta misma mentalidad. Ejercen por un interés curricular pero lo menos que tienen es vocación para enseñar. En no pocos casos no entienden ni lo que pretenden explicar y cuando se les pregunta, evaden la respuesta o asumen una actitud de confrontación para que el estudiante no insista en su consulta.

Nos corresponde a los estudiantes exigir una buena enseñanza en los diferentes ámbitos del saber y en la enseñanza del Derecho en particular. La actitud pusilánime de plegarse al mal profesor para pasar sin contratiempos un curso debe ser desechada y tener la valentía de denunciar a los malos docentes. El aprendizaje requiere de maestros, de personas con vocación y no de personas que pretenden engordar su hoja de vida con un estatus que no se merecen.

Los analfabetos jurídicos están por todas partes en Costa Rica. Está en nosotros los estudiantes procurar un cambio en esta tendencia y exigir una enseñanza que el día de mañana nos permita leer y comprender el Derecho de forma integral. En estos tiempos en que la ley del mínimo esfuerzo y la indiferencia es lo que impera, los estudiantes debemos alzarnos para cambiar esto que nos atañe directamente a nosotros.

A la larga, de no hacerlo, nosotros seríamos los principales perjudicados y el país seguirá por el rumbo triste por donde nos están llevando muchos de estos analfabetos jurídicos. En todo caso, estoy seguro que este problema no sólo es en el área jurídica sino que está presente en otras áreas del conocimiento; para muestra un botón: la platina sobre el puente de río Virilla y ahora sobre el puente de la fuente de la Hispanidad.

Artículo publicado en el Diario El País.cr, 06 de Noviembre de 2012. (10)

martes, 30 de octubre de 2012

Ni con Chávez ni contra Chávez

Hace un par de semanas salió publicado en este diario un artículo denominado: Chávez debería irse. En él se defendía el principio democrático de la alternancia en el poder y la necesidad que tienen las democracias de renovar a las personas que ejercen el gobierno. Se dejaba claro que la defensa de este principio no es un asunto de oportunidad o conveniencia, sino que se trata de una convicción democrática.

La democracia es, tengámoslo claro, un régimen político imperfecto. Todos sabemos lo manipulable que son los procesos para elegir quién o quiénes van a ser depositarios de la soberanía popular. No hay que ser muy inteligente para percatarse que en un mecanismo como el referéndum, por ejemplo, la voluntad popular puede ser influenciada en uno u otro sentido. Casualmente porque los instrumentos son eso, medios y no fines, es que se hace la distinción entre lo formal y lo sustancial.

Una de las observaciones que se hicieron al artículo publicado fue que la alternancia de las personas o partidos que ejercen el gobierno, no garantizan un cambio en quienes ejercen el poder real. En términos marxistas eso equivale a decir: que los cambios en la superestructura no implican cambios en la estructura de la sociedad, es decir, los que realmente tienen el poder siguen mandando a pesar de que se cambie el gobierno.

No niego que lo anterior, en no pocas ocasiones, es cierto. Sin embargo, la permanencia en el gobierno de la misma persona o el mismo partido, incrementa la posibilidad que ese poder estructural sea más arbitrario y despótico. La democracia, al igual que la realidad, no es ni blanca ni negra; al contrario, la democracia es una gran zona gris en la que se desarrolla las relaciones de poder de los diferentes grupos de interés de la sociedad.

No estoy con Chávez en su deseo de perpetuarse en el gobierno. Recientemente Lula Da Silva expresaba una opinión similar, ya que consideraba necesario que el actual presidente de Venezuela busque un sucesor para que su revolución bolivariana no dependa sólo de él. La reelección indefinida es inconveniente para el régimen democrático, permite la concentración o la tenencia del poder en pocas manos y eso suele generar acciones perjudiciales para el pueblo en el largo plazo.

El defender la alternancia en el gobierno como principio universal de la democracia no implica estar contra Chávez. La política social que ha venido desarrollando ha sido muy beneficiosa para los sectores más vulnerables de la sociedad venezolana. Es imposible estar en desacuerdo con políticas que abogan por una mayor equidad, ya sea en la sociedad venezolana o en cualquier sociedad del mundo.

No obstante, la defensa de la equidad no tiene que ir asociada a la perpetuación en las estructuras de gobierno de una sola persona o un partido. Las sociedades requieren renovar a sus dirigentes porque de lo contrario corren el peligro de anquilosarse y de sufrir una dependencia que genera un régimen vertical y alejado de sus habitantes.

Ni con Chávez ni contra Chávez, lo que se defiende es la alternancia en el gobierno como principio básico de la democracia. No se trata de si Chávez es buen o mal gobernante, no se trata de si está sano o enfermo, no se trata de si su elección es legítima o ilegítima, no se trata de si Chávez es de izquierda o derecha.

Se trata de entender que a lo largo de la historia la perpetuación en el gobierno ha traído, casi siempre, perjuicios para la mayoría de los ciudadanos de las diferentes sociedades en que esto ha acontecido. La lucha por la equidad puede coexistir con la democracia y sus principios, no es necesaria la perpetuación en el gobierno para lograr una mayor igualdad.

Si la denominada revolución bolivariana ha producido los beneficios de reducir la pobreza en más de un 20%, el pueblo venezolano será el primero en defender esa conquista aun cuando Chávez deje el gobierno. La permanencia continuada en las estructuras gubernamentales por parte de una sola persona, lejos de ser una señal de fortaleza es todo lo contrario. Las grandes revoluciones son hechas y mantenidas por el pueblo, no son obra de una única persona y mucho menos de aquellos que se creen imprescindibles.
Artículo publicado en el Diario El País.cr, 30 de Octubre de 2012. (2)