lunes, 15 de julio de 2013

Costa Rica en relación con Europa

Para tristeza de algunos he vuelto al terruño. Gracias a la educación superior pública tuve la oportunidad de hacer una estancia de un semestre en tierras europeas. La experiencia ha valido la pena, especialmente, para tener punto de comparación y no dejarse llevar por leyendas que ponen a esos países en lugares inalcanzables.
La última vez que escribí en este espacio hablaba de la coherencia que uno debe tener en la vida. Hay personas que después de ir por aquellas tierras vienen hablando maravillas y sobredimensionan las cosas que ven por allá. Ni una cosa ni otra, se trata de describir y no de valorar.
Hay personas que siguen hablando de países desarrollados y subdesarrollados. Cuando se plantea este tema es necesario preguntarles a estas personas: ¿Desarrollados en qué? Europa en el siglo XIX devastó la mayoría de sus bosques y logró contaminar la mayoría de sus recursos naturales, asimismo, en el siglo XX decidieron matarse en dos guerras y siguen teniendo conflictos de tipo religioso (Irlanda) o problemas de xenofobia (Alemania, Francia, España) y hasta de racismo (Italia).
Y no se trata de compararnos ahora que Europa está de capa caída. Al contrario, estos problemas han sido permanentes e históricos, han estado presente desde hace muchos años. Los índices de bienestar que Costa Rica logró cosechar por muchos años no tenían nada que envidiarle a Europa, sin embargo, hay muchas otras cosas en que nosotros estamos mejor que ellos.
La calidad de vida del costarricense es superior a la del europeo. No me refiero a la parte material sino al entorno en que se desarrollan ellos y la comparación que podemos hacer con el nuestro. Solo el clima que disfrutamos en Costa Rica ya marca un punto de inflexión si consideramos las temperaturas extremas que esas sociedades tienen que soportar en el invierno y el verano.
Las personas llevan una vida dedicada al bienestar material. Su rol de vida a cambiado y el estado del bienestar que antes promocionaba un ser humano integral ahora ha venido a menos y con ello se está volviendo a un ser humano individualista que está dispuesto a  ser explotado con tal de obtener un bienestar material que se aleja cada día más de la integralidad por la que lucharon los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial.
He de reconocer que hay un tema en el que nos llevan muchos años de camino. La infraestructura para las comunicaciones de todo tipo entre la gente, para el traslado de bienes y servicios, es un rubro que si marca una diferencia sustancial. No se trata sólo de las obras de cemento y varilla, se trata de los medios de comunicación para que la gente pueda ir de un lugar a otro.
A pesar de lo anterior, Costa Rica no tiene nada que envidiarle a Europa. Tenemos un nivel de vida aceptable, con problemas como los tienen esos y otros países del mundo. Ellos no son la panacea que muchas veces nos pintan, tienen pobreza, delincuencia, corrupción y otros males de la sociedad contemporánea, igual que nosotros. Los medios de comunicación tienen mucha culpa de la idealización que hacemos de esas latitudes.
Nosotros en Costa Rica arrastramos un problema que está arraigado en nuestro imaginario social y que ha sido nefasto, a saber: Ponderamos siempre como mejor lo externo y no valoramos y potenciamos las virtudes que tenemos. Esta forma de pensar y de actuar se refleja en diferentes actividades de la vida, sin que hayamos podido desterrar esta idea que nos ha hecho mucho daño como sociedad.
Tal vez la actividad en la que mejor se refleja esta situación es el futbol. Resulta evidente el bajo nivel cultural y de educación de la mayoría de personas que se dedican a este deporte, salvo excepciones que se cuentan con los dedos de las manos, la mayoría de estos deportistas demuestran su condición cuando se expresan en los medios de comunicación colectiva.
No obstante, también a la hora de jugar muestran su complejo de inferioridad en relación con los jugadores que juegan en Europa. Ven aquello como si fueran seres de otro mundo, en no pocas ocasiones entran a la cancha derrotados mentalmente, tal es el sentimiento de superioridad que tienen con ese tipo de equipos de aquellas latitudes.
Hasta que no superemos este pensamiento nefasto que es alimentado por muchos medios de comunicación y por personas que reproducen el cuento, no comenzaremos a decidir nuestro propio destino. Hay que superar ese colonialismo mental y dejar de creer en esas ideologías que lo único que pretenden es que no tomemos el timón de nuestro propio bienestar.
Aquí estamos nuevamente, para pesar de algunos; sin embargo, a pesar de los pesares, no cambio mi querida Costa Rica por ninguno de los países europeos.
Artículo publicado en el diario digital El País, el 15 de julio de 2013. (1)

lunes, 18 de febrero de 2013

Estaba en buena compañía

Hace unos días escribí un artículo que denomine: “Hay que tener coherencia en la vida”. Allí decía que había decidido no publicar en el diario La Nación y que si uno era ideológicamente coherente, esa era la conducta a seguir.

Algunas personas emitieron algunas críticas a esta postura. Comentaron que la había sacado del estadio, que era una especie de intolerante mediático y que el escribir en ese diario no implicaba una incoherencia ideológica. Soy de los que considero las críticas como algo fundamental para repensar y revisar los puntos de vista que uno tiene.

Todos los comentarios que se emitieron, salvo un par, me hicieron creer que estaba solo en esa forma de pensar. No obstante, seguía considerando que publicar en La Nación es hacerle el juego a la derecha costarricense, es decir, significa ser cómplice de un medio de comunicación que le ha hecho mucho daño a los sectores sociales más vulnerables de Costa Rica.

Jamás manifesté que no había que leer los diarios cuya línea editorial están en contra de lo que uno piensa. Sin embargo, eso es diferente a publicar en un diario abiertamente contrario a las ideas que uno profesa; en otras palabras, en el primer caso uno desarrolla un ejercicio de tolerancia ideológica necesaria en cualquier sociedad civilizada; en cambio, en el segundo caso, uno cae en una falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Dichosamente en esta última semana me he enterado que no estaba solo en esta forma de pensar. Para mi sorpresa, el distinguido escritor Fernando Contreras y el músico Alejandro Cardona, han manifestado un pensamiento similar al planteado por el que escribe estas líneas.

Don Fernando Contreras rechazó el premio Ancora por las divergencias ideológicas que tiene con el diario La Nación y en ese mismo sentido, Alejandro Cardona también rechazó el premio Viva que también es otorgado por ese mismo medio de comunicación escrito. Estos distinguidos exponentes de nuestra cultura, ha dado un ejemplo de coherencia ideológica en no aceptar los premios de un diario que no está acorde con sus ideas.

La negación de escribir en este periódico de derecha se queda corta ante estas dos acciones de Fernando y Alejandro. El rechazo de someter cualquier escrito a la censura previa de un tal Julio Rodríguez es “pecata minuta”, a la par de estos actos de coherencia de estos dos distinguidos intelectuales costarricenses.

No tengo el placer de conocer ni a Fernando y Alejandro, pero después de lo que ellos han hecho me he sentido en muy buena compañía. En buena hora por ellos, porque el mejor reconocimiento que uno puede construir es el de una vida coherente entre las palabras y los hechos.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, 18 de febrero de 2013. (8)

jueves, 24 de enero de 2013

Hay que tener coherencia en la vida

Hace un tiempo decidí no escribir en La Nación. Para empezar, cualquier artículo debe ser pasado por la censura de un señor que se llama Julio Rodríguez y cuyos criterios para determinar qué pública son un misterio; además, en no pocas ocasiones, el texto puede ser objeto de recortes y no necesariamente de estilo o forma.

Ya solo la censura previa realizada por ese señor, debería ser suficiente razón para que cualquier persona deje de publicar en ese diario. Sin embargo, lo de siempre, hay gente cuya ilusión más profunda es ver un escrito suyo exhibido en ese medio de comunicación; es decir, consideran que ese hecho les otorga un estatus especial, un plus intelectual, algo así como un reconocimiento social.

Todavía más repugnante resulta que, no pocas personas, manden artículos a ese periódico y también a otros para ver en cuál publican el texto. Incluso personas que han logrado una cierta reputación, hacen uso de esta práctica; en otras palabras, no hay una coherencia ideológica y lo mismo les da que sus palabras aparezcan en el Eco Católico o en medios alternativos como este en que escribo o el Semanario Universidad.

No se trata de publicar por publicar. Una persona que se dice de izquierda y es coherente, no debería prestarse para publicar en un diario que no solo se aprovecha del intelecto de los demás, sino que no deja espacio para que ideas alternativas a su línea ideológica puedan aparecer sostenidamente, es decir, que de una vez por todas deje de fingir una supuesta imparcialidad que nunca ha tenido.

La exigencia de coherencia también vale para muchos personajes de la derecha. Recientemente, Óscar Arias Sánchez, se quejaba de la parcialidad de ese medio de comunicación; sin embargo, sin el menor sonrojo, ha seguido publicando de manera asidua allí y no está en poca compañía, sino que le pregunten a Ottón Solís Fallas.

La falta de coherencia hace que las demás personas pierdan el respeto. Si una persona pretende o se presenta como de izquierda, lo lógico es que no publique en medios de comunicación que son abiertamente de derecha. En última instancia, si la excusa es que los medios de comunicación de la izquierda tienen poca circulación, podrían tener la decencia de publicar en un diario intermedio.

Nos falta coherencia hasta en lo intelectual. Parafraseando a Ernesto Sábato en una entrevista que le hicieron en los años setenta y que es posible mirarla en internet: No me gustan las personas que son incoherentes, que dicen una cosa y por otro lado hacen otra; esas que ceden ante los encantos de una fama efímera y que por unas pocas monedas, son capaces de ponerse a la disposición de los que supuestamente combaten.

O para decirlo de manera clara y a lo tico: ¡Somos o no somos!
Publicado en el Diario Digital El País.cr, 24 de enero de 2013. (0)

sábado, 5 de enero de 2013

Carta abierta a Ottón Solís

Me parece que usted cae en un error al decir, de un tiempo para acá, que los electores han avalado con sus votos los argumentos éticos que ha venido pregonando desde que fundó el Partido Acción Ciudadana (PAC). No hay una relación de causalidad entre una cosa u otra, al contrario, tengo la impresión que es la insistencia en ese discurso lo que le ha impedido al PAC ganar las elecciones en que ha participado.
La realidad histórica ha mostrado que las razones políticas no siempre coinciden con las razones éticas y viceversa. Piense usted en algo tan sencillo como la dicotomía verdad-mentira, desde un criterio ético el político no debería mentir en ningún momento; sin embargo, en no pocas ocasiones lo hace con base en un criterio político. No valoro si esa conducta está bien o mal, simplemente le describo los hechos; dicho de manera llana, se trata de un enunciado descriptivo y no de un juicio de valor.
Algunas cosas que usted ha dicho como político al final se han convertido en mentira. Recuerdo cuando indicó en campaña electoral que los diputados del PAC no iban a incurrir en las conductas que usted había considerado inapropiadas de otros diputados, por ejemplo, el uso de vehículos de la Asamblea Legislativa; meses después, Humberto Arce y otros diputados hicieron todo lo contrario y lo dejaron a usted muy mal parado. Ya sé que usted no lo hizo, pero sus afirmaciones fueron en su calidad de representante de un partido político y no como sujeto individual.
El problema don Ottón es que en su discurso siempre ha utilizado criterios que usualmente se aplican a las personas en lo individual y que no siempre se pueden extrapolar cuando las personas actúan en grupo. La realidad política y la historia nos muestran que los criterios de ética individual no necesariamente se aplican a la ética de grupo; por ejemplo, está claro que robar es una conducta éticamente reprochable en cualquier caso, pero cuando los miembros de un grupo tienen hambre, esa conducta tenderá a ser justificada si aquella cumple el objetivo de saciar el hambre de los miembros del grupo. No digo que eso esté bien o mal, simplemente es un ejemplo básico de realismo político.
Las personas no necesitamos, se lo digo con el máximo de los respetos, que usted nos diga que es lo éticamente correcto. Desde que estamos pequeños tenemos varias personas e institutos sociales que nos están repitiendo lo que es bueno y malo. El papá o la mamá, el sacerdote o el pastor, la maestra o el profesor, las normas sociales y las legales, en fin, no necesitamos que un político esté recordándonos ese tipo de normas éticas.
Usted en lugar de un líder político se ha convertido en una especie de líder religioso de esos que abundan en los regímenes teocráticos. Están metidos en política pero se comportan como líderes religiosos, siempre diciendo a la gente lo que está bien y lo que está mal, lo que es éticamente correcto y lo que no lo es. Ello lejos de generar empatía, lo que genera es una especie de rechazo inconsciente o en otros casos, totalmente consciente.
A lo largo de la historia la distinción entre política y ética ha estado permeada por la confrontación de lo que Max Weber denominó: ética de los principios y ética de los resultados. La política real suele utilizar la segunda y muchas veces justifica determinadas conductas en función de si se cumplen los objetivos propuestos; la ética, suele estar en un plano ideal que está separado de las personas de carne y hueso, es decir, de las personas que determinan el triunfo o no en una elección.
No le estoy pidiendo que renuncie a sus convicciones. No le estoy diciendo que realice conductas indebidas o ilícitas. Lo que le estoy solicitando es que asuma el rol de un líder político; en otras palabras, deje de asumir esa imagen de inquisidor ético que tanto daño le ha hecho a usted y al PAC.
Los jóvenes constituimos un porcentaje importante del padrón electoral. Creo que una buena parte apoyamos opciones que estén del centro hacia la izquierda del espectro político, sin embargo, estamos hartos de los políticos y de los discursos tradicionales.
Cuando el PAC apareció fue una esperanza para mucha gente que nos movemos en ese espacio ideológico, pero una cosa es la política con ética y otra muy diferente es hacer de la política una ética que casi se confunde con una religión.
Artículo publicado en el diario El País.cr, 05 de Enero de 2013. (23)

martes, 25 de diciembre de 2012

Las corridas de toros deberían desaparecer

Durante miles de años hemos estado agrediendo a los otros seres con los que compartimos este mundo. Los seres humanos nos hemos convertido en los mayores depredadores no solo de nuestro entorno, sino de nuestra propia especie. Somos tan soberbios que pretendemos estar por encima del resto de los animales y de la naturaleza que puebla la tierra.
La convivencia de nosotros con los animales ha sido nefasta para ellos. A lo largo de la historia el ser humano ha perturbado el hábitat del resto de los animales, los ha esclavizado y dominado para satisfacer sus propios intereses. No contento con esto, ha sometido también a sus semejantes y sigue privando de su libertad a hombres, mujeres y niños.
Los animales son los que han llevado la peor parte en este deseo irracional del ser humano. Históricamente se ha legitimado la utilización de animales para la alimentación y para el trabajo, es decir, el criterio ha estado basado en un beneficio para la sobrevivencia y el menor esfuerzo físico de las personas. La sumisión de los animales ha tenido como justificación una utilidad práctica .
No obstante, los animales también han sido usados para la diversión de los seres humanos. Esta utilización no es justificable desde ningún punto de vista, se trata de una agresión basada no en una necesidad, sino en el envanecimiento y en la satisfacción de los instintos más bajos de nuestro género.
Los animales han sido maltratados desde tiempos lejanos. Se les ha alejado de su hábitat natural con el propósito que los seres humanos los contemplen en jaulas o que los vean morir en las actividades de ocio inventadas para su diversión. Quizás el ejemplo histórico más representativo es lo que sucedía durante la época del Imperio Romano en el Coliseo.
Los zoológicos y las actividades de ocio son una evidencia de la irracionalidad de los seres humanos. Por mejor cuidados que estén los animales en los diferentes zoológicos del mundo, estamos en presencia de un cautiverio que se contrapone a la magia de ver a los animales libres en su hábitat natural. Injustificable e irracional es también, el uso de animales para satisfacer el deseo de distracción de las personas a través de una especie de necrofilia.
Resulta esperpéntico observar como en otros países se infringe castigo y muerte a propósito de las corridas de toros. En España, por ejemplo, ha habido un gran debate entre los que defienden la “fiesta brava” y aquellos que consideran que se trata de una actividad grotesca y que va contra la razón de cualquier persona racional. Hay gente que se ha atrevido a considerar tal barbarie como una actividad de interés cultural y que constituye parte de la identidad nacional de aquel país.
En Costa Rica, dichosamente, hace tiempo se prohibió la matanza de toros inocentes en las corridas de toros. No obstante, hay que preguntarse: ¿Qué necesidad tiene el ser humano de distraerse a costa de un toro que podría estar tranquilo en su hábitat natural? ¿Qué placer encontramos en ver a otros seres humanos molestando a un toro para ser correteados o corneados? ¿Qué gracia tiene que una persona le jale el rabo al toro, se monte sobre su lomo o que lo soguee para volverlo a su cautiverio? ¿Acaso no hay otras formas de diversión en que no es necesario molestar o perjudicar a los animales?
Los espectáculos taurinos y otros en que los animales son utilizados para la diversión irracional de los seres humanos deben desaparecer. Si alguien le interesa conocer cómo es y actúa un animal, que vaya a su hábitat natural y lo contemple en total libertad. En lugar de que los animales vayan donde está el ser humano, nosotros debemos de ir donde están ellos.
El desarrollo tecnológico de la humanidad no permite justificar, en la actualidad, el uso y maltrato de los animales. Si en el pasado se requería un caballo para trasladar carga a otro lugar, ahora tenemos los diferentes vehículos desarrollados por el ingenio humano. El argumento a la tradición no es de recibo para tratar de justificar las vejaciones que le infringimos a los otros seres con los que compartimos nuestra existencia, debemos tratar de evolucionar y no seguir anclados en un pasado que en nada enorgullece a la humanidad.
Muchos no estarán de acuerdo con este artículo. Buscarán razones para justificar el por qué los toros de fin de año y otros de similar calaña deben permanecer, sin embargo, si uno lo piensa bien, se dará cuenta que no hay justificación para divertirse de esta forma. Ahhh ! Supongo que no hace falta decir que detrás de todo esto hay un gran negocio para unos pocos.
Artículo publicado en el diario digital El País.cr, 25 de diciembre de 2012. (20)

sábado, 15 de diciembre de 2012

Indulgencias navideñas

Todos los años es lo mismo. Cuando se aproxima la navidad, comienzan a darse una serie de iniciativas que tienen como justificación ayudar a los pobres. Se recogen juguetes para los niños o dinero para solventar las necesidades de alguna gente que tiene la suerte de ser considerada por sus benefactores.

En realidad estos actos son una forma en que los seres humanos pretendemos paliar los remordimientos o los reclamos de nuestra conciencia. Ante el esperpéntico espectáculo de la pobreza de muchos de nuestros semejantes, buscamos expiar nuestras culpas por medio de una caridad calculada y totalmente hipócrita.

De todas las iniciativas, la que denominan “Un sueño de navidad” es la más deprimente. La televisora que promueve esta actividad, en primera instancia, se presenta como una especie de organización benéfica; sin embargo, lo que hace es ganar dinero con base en la exhibición de la miseria de una serie de personas.

Las historias de estos seres humanos cubren importantes segmentos de tiempo en el noticiario de la televisora. El objetivo de esa práctica es sensibilizar al televidente o mejor dicho que le remuerda la conciencia, para que decida colaborar con su dinero en esa iniciativa de caridad. En términos reales lo que hacen es canalizar un dinero privado para realizar una obra de caridad anual, la cual le reporta grandes ganancias en términos de imagen corporativa y en la preferencia del público.

Las empresas privadas son los otros actores que intervienen en todo este sueño navideño. La publicidad que, usualmente tiene un costo alto para las empresas, es permutado por un pago en especie. En lugar del pago en dinero en efectivo, las empresas patrocinadoras “donan” enseres y otros objetos que las personas necesitadas han requerido durante los reportajes. Las empresas privadas patrocinadoras ven realzada su imagen con este accionar o como dicen ahora: cumplen con su política de responsabilidad social corporativa.

Como se observa, se trata de una puesta en escena que no tiene desperdicio. Todos los involucrados en este “sueño de navidad” ganan algo, salvo los desafortunados pobres que no tuvieron la suerte de ser elegidos para ser parte de esta gran obra de caridad. Dicho en otras palabras, el resto de pobres que hay en Costa Rica tendrán que esperar un año más para ver si tienen la fortuna de ser escogidos y así cumplir su sueño navideño.

Tengo claro que los párrafos anteriores pueden ser objeto de múltiples críticas. La más obvia está relacionada con aquella frase que dice: mejor eso que nada. El meollo del asunto no es tanto develar la trama mercantilista que hay detrás de este tipo de puestas en escena o evitar que se sigan dando; no, la idea es indicar que este tipo de actos de caridad no resuelven el problema, porque lo que se requiere es una política de Estado para promover que los pobres salgan de la situación de miseria en la que se encuentran.

Otra crítica derivada del planteamiento anterior es que si el Estado no puede solventar dichas necesidades: ¡Que hay de malo que la empresa privada lo haga! El problema es que la empresa privada con este tipo de actos de caridad anual, no resuelve una situación que es de carácter estructural; es decir, los actos de caridad y las políticas asistenciales de la ideología neoliberal han demostrado que no sacan a la gente de la pobreza.

En lugar de engañarnos con esta especie de indulgencias navideñas, deberíamos promover una política de Estado que resuelva el problema de la pobreza. La mayoría de las personas no nos gusta que nos regalen las cosas, al contrario, nos gusta trabajar por ganarlas; es decir, el ser humano necesita que lo enseñen a pescar, no que le den el pescado.

En esto no hay que descubrir el agua tibia, porque como dicen: ya todo está inventado. Es necesario una política integral que permita a los miembros jóvenes de las familias pobres acceder a la educación, la salud y a trabajos con salarios que permitan el sustento mínimo para que se pueda dar un salto cualitativo entre una generación y otra.

La caridad es una de las virtudes teologales junto con la fe y la esperanza. Sirve para que los seres humanos nos sintamos bien y olvidemos la indiferencia que solemos tener en relación con la inequidad existente en el mundo. No se trata aquí de plantear que la caridad debe desaparecer, sobre todo, aquella que esconde otros objetivos distintos a los de la solidaridad; se trata de entender que debemos diseñar políticas permanentes para sacar a la gente de la pobreza y no conformarnos con dar una limosna en navidad.

¡Y el resto del año! ¿Qué? Si te vi, no me acuerdo.

Artículo publicado en el diario El País.cr, 15 de diciembre de 2012. (1)
http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/76120

miércoles, 5 de diciembre de 2012

¡Usted es pobre por su propia negligencia!

La ideología oficial costarricense, por mucho tiempo, pregono que la sociedad costarricense era igualitica. Este mito sirvió para ocultar las diferencias entre los que tenían y los que no. Se decía que desde la época de la colonia había existido una sociedad homogénea en que las diferencias sociales, prácticamente, no existían o habían sido mínimas.

La idea de una sociedad costarricense igualitaria se desarrolló con fuerza en la segunda mitad del siglo XX. Como base en el “Estudio sobre economía costarricense” de Rodrigo Facio, el discurso oficial posicionó esta idea en el imaginario colectivo. Los indicadores económicos de la época parecían legitimar esta idea y las políticas sociales desarrolladas, apoyaban la creencia de que aquello podía ser una realidad.

Durante treinta años la desigualdad en la sociedad costarricense disminuyó. El Estado de Bienestar que se comenzó a desarrollar a partir de 1950, trajo consigo indicadores económicos y sociales que, sobre todo, generó una gran clase media urbana y rural. La mayoría de la población iba a la medicina y educación pública, la política de salarios crecientes permitió una mayor distribución del ingreso y por tanto, una mayor igualdad entre los costarricenses.

La edad dorada del Estado de Bienestar costarricense duró hasta inicios de los años ochenta. Por supuesto que no se trata aquí de echarle la culpa a Daniel Oduber o a Rodrigo Carazo, del cambio operado en la sociedad costarricense. El punto es que aquella coyuntura determinó un cambio en el estilo de desarrollo que había permitido a los costarricenses creer en el mito de una sociedad de igualiticos.

La década de los ochentas es el inicio de una transformación que va traer como resultado la desigualdad creciente que hoy vivimos. A partir de 1986, con el gobierno de Óscar Arias Sánchez, se da un viraje en el modelo de desarrollo privilegiando lo privado sobre lo público. Los planes de ajuste estructural junto con otras medidas económicas, especialmente de carácter tributario, otorgaron incentivos a los que más tienen y cargó de impuestos indirectos a los que menos tienen. Se creó una estructura tributaria regresiva cuyo costo se hizo recaer sobre los hombros de los trabajadores.

La ideología oficial comenzó a desprestigiar lo público en favor de lo privado. La educación pública dejó de ser financiada adecuadamente y a los profesores se les retiró el estatus que siempre tuvieron dentro de la sociedad costarricense. En la salud pública se comenzó un proceso similar, sin embargo, aquí se contó con la complicidad de algunos médicos que promovieron la consulta externa privada a partir de una mala atención en la consulta externa pública.

Este proceso que ya lleva más de veinticinco años, es el que ha dado como resultado la desigualdad creciente que estamos viviendo. El discurso ideológico de la sociedad igual, ante esta realidad pura y dura, ha quedado totalmente desvirtuado y desfasado en el tiempo. Ese discurso mítico que se promovió a partir de la segunda mitad del siglo XX, en la actualidad, sería ridículo promoverlo y defenderlo. La evidencia empírica es tan contundente que no admite refutación.

Ante esta realidad el discurso ideológico oficial ha optado por justificar la desigualdad imputando la condición de pobreza a las personas. La pobreza es una situación de responsabilidad personal, es decir, se es pobre por la negligencia de cada uno de los individuos. La diferencia entre ricos y pobres no radica en que un niño pertenezca a una familia que pertenece al 20% más rico y otro al 20% más pobre; sino que esa diferencia depende del esfuerzo que haga cada niño a lo largo de su vida y la responsabilidad que asuma en relación con su propio destino.

Este discurso ideológico no puede ser más falaz, sin embargo, pareciera que ha sido interiorizado por la mayoría de la población. El que el niño pobre viva en un precario, se nutra mal, esté expuesto a enfermedades, tenga un acceso limitado a la salud pública y vaya a una escuela cuya planta física está deteriorada, no implica ninguna diferencia para esta ideología. Lo importante es que ese niño sea responsable con su devenir y que se esfuerce por ser alguien en la vida, si no lo consigue será, única y exclusivamente, por su negligencia.

Como se observa, el discurso ideológico fue cambiado por otro mito que es la idea de que el costarricense vive en una sociedad de oportunidades. El derecho a una mayor igualdad material fue transmutado por una expectativa de derecho, es decir, por una igualdad potencial. El cuento de la Suiza de Centroamérica ha quedado atrás, no porque Costa Rica haya dejado de ser una tierra bella sino porque los datos empíricos han pulverizado el mito de la igualdad económica entre los ticos.

Ahhh!, pero la ideología sigue cumpliendo su función. No olviden que entre tanta desventura, de cuando en cuando, nos dicen que somos el país más feliz del mundo.
Artículo publicado en el diario El País.cr, 05/Diciembre/2012. (19)